24.8.11

Tocas pero no agarras.

Yo no me enamoro de nadie. Me pierdo. Pierdo la cabeza. Me dejo ir para no tener que lidiar a solas con lo que ocurra, distraerme y dejar que la vida me suceda. Justifico la pérdida de tiempo en “amar intensamente.” Que sí amo. Pero enfermamente también. Te agradezco por salvarme, pero te odio por no darte cuenta de que lo que necesito es no tenerte. Entonces trato de irme pero no puedo porque te quiero. Así se me va la vida. Así te arrastro conmigo.


No quiero arrastrarte. Ni a ti, ni a ti ni a nadie más. Y eres una adicción. Conocer, desgarrar, sacarle las entrañas otro. Conocerle el alma, lo más oscuro, lo más secreto, lo olvidado, lo perdido, lo doloroso, lo más hermoso, hacerla tuya, absorberla. Es maravilloso. Pero amo tanto amarte que no voy a desgarrarte. Porque prefiero aguantarme las ganas de destrucción y no deshacer a alguien más. Para siempre. De traumas y fantasmas, peleas, humillaciones, complicaciones indescifrables por mi oscuro silencio. Mi enferma manera de manifestarme. Enredada, siempre estratégica para atraparte pero dolerte para que me dejes, pero dañado.

Eso no quiero hacerlo. No más. No puedo vivir haciéndome pedazos. Es mi adicción. Sufrir para sentir. Me odio. Me odio porque siempre que algo espulgo me encuentro con el mismo egoísta demonio que llevo dentro. Tan torcida...por culpa de mi historia o no, pero bien que a sabiendas me lo provoco.

Basta. Es demasiado conciencia sobre la inconsciencia. Al inconsciente no se le escucha, no se le sabe, no se le controla. Por eso no debes. No debo. Qué fastidio, qué joda, de ánimos de sufrir.

Pasemos la vida ligera. En soledad, con encuentros cortos y fugaces. Que no alcancen a tocar fibras, que sean siempre buenos por su temprano e indoloro desenlace. Ya, mejor así.

Tocas pero no agarras.